La ética de la creencia y la policía del pensamiento

¿Solo somos responsables de nuestros comportamientos y de lo que hacemos, pero no de lo que pensamos? ¿O tenemos el deber y la obligación de sostener ciertas creencias o de pensar de cierto modo, lo que denominamos “deberes epistémicos”?

El filósofo inglés W.K. Clifford reflexionaba al respecto en su ensayo de 1877, La ética de la creencia.

Aquí va un ejemplo de las dudas sobre la ética de la creencia que le surgían a Clifford:

Imaginemos un armador de un barco que vende billetes para un gran viaje, uno con todo lujo, podría ser el Titanic en su época.

Tiene el presentimiento de que es posible que su buque no sea tan seguro como debiera, pero las reparaciones serían muy caras. Ese trabajo supondría un gasto mucho mayor que las pérdidas de los billetes no vendidos. Así que el armador no pregunta más y hace la vista gorda, después de todo se trata solo de un presentimiento, ¿puede culparse al armador de su ignorancia voluntaria? ¿Tiene el deber de hacer más preguntas?

Según Clifford: “Es un error siempre, en todas partes y para todos creer algo basándose en una evidencia insuficiente”.

Su principio y sus ideas son emblemas del “evidencialismo” que significa que solo deberíamos creer aquello de lo que tengamos evidencia.

Según Clifford, el armador hace mal tanto si el viaje es seguro y tiene un final feliz como si resulta trágico.

Del mismo modo, un racista es inmoral tanto si se comporta como tal como si no. Tendría que haber examinado más a fondo sus propias creencias.

La ignorancia voluntaria es siempre y en todas partes un mal.

Los terraplanistas, los antivacunas, los teóricos de la conspiración, … son inmorales porque no se esfuerzan en estudiar lo evidente.

Imaginemos que soy antivacunas, no vacuno a mis hij@s de ninguna vacuna. Uno de mis hij@s cae muy enfermo por sarampión, meningitis, neumonía, o tétanos.

¿Soy responsable de mi creencia?

Pienso que no influye en mi salud alimentarme solo de ultraprocesados. Baso toda mi alimentación y la de mi familia en su ingesta. Me aparecen una enfermedad cardiovascular por mi gran obesidad. Tanto yo como mi pareja visitamos el hospital cada dos por tres por nuestros problemas de salud, acarreando en gastos públicos.  ¿Soy responsable?

Podríamos hilar más fino, pensando por ejemplo que hacer deporte no sirve para nada. Que mi salud mental no es importante, …

Aquí viene un gran problema,

¿Quién decide lo que se considera una búsqueda de evidencias apropiada?

Todos tenemos nuestras creencias y sesgos que nos empujan a creer y hacer cosas sin la suficiente evidencia.

La disonancia cognitiva hará que no reconozca mi inconsistencia y trataré de justificarla ante los demás y ante ellas mismas.

La existencia de fenómenos como los fantasmas, las comunicaciones con los muertos y los ovnis no ha sido comprobada científicamente, pero aún así hay muchas personas que creen en ellos.

Si doy una opinión al respecto, como por ejemplo: los fantasmas existen. Como a mi cerebro no le gusta no llevar la razón trataré por todos medios de justificarlo.

Mediante el sesgo de confirmación, prestaré atención de forma selectiva a la información que defiende mis ideas e ignoraré las que no comulguen con ella.

Entonces…

¿Eres moralmente responsable de tus opiniones?

¿A quién designamos como Policía del Pensamiento?

Policía del Pensamiento

La Policía del Pensamiento se refiere a una organización policial ficticia presente en la novela 1984 de George Orwell. La policía arresta «ciudadanos» que «piensan» en cosas que van en detrimento de las consignas del Partido. El crimen de pensamiento es el más grave de todos los crímenes sancionados por el Partido. La policía del Pensamiento utiliza unas máquinas llamadas telepantallas similares a televisores provistos de un micrófono integrado, los cuales permiten a los agentes de la policía del pensamiento escuchar y grabar las conversaciones realizadas entre las personas que se encuentran a cierta proximidad de la telepantalla.

El partido obliga a los ciudadanos a poseer telepantallas en sus casas y oficinas, a punto de eliminar todo rastro de privacidad en la vida del inividuo.

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