¿Cómo se va desarrollando nuestro cerebro?

Al nacer, el ser humano tiene un cerebro en total construcción, comparándonos con otros mamíferos, nacemos siendo excesivamente dependientes. Hay mamíferos que comienzan a andar a las pocas horas de nacer, otros son independientes al día siguiente… Esto ocurre porque en estas especies, el cerebro nace con una hoja de ruta preestablecida; si se cumple dicha ruta sobrevive, pero si por lo que sea nacen en una situación o lugar donde no pueden desarrollar esa ruta, morirán.
En cambio, el ser humano puede sobrevivir en entornos distintos, ya que permite que sean las experiencias que va viviendo las que den forma a su cerebro y eso lo hace más flexible.

Al nacer, las neuronas de un bebé son dispares y están muy desconectadas. En los siguientes 2 años se conectan con extrema rapidez, creando cien billones de sinapsis. Pero a partir de entonces lo que ocurre es una poda neuronal; las rutas neuronales que no se utilizan, se destruyen. El cerebro humano no está tan programado, los genes ofrecen instrucciones muy generales pero es nuestra experiencia la que acaba de ajustar el resto de conexiones.
Esto es un arma de doble filo ya que en ocasiones, si durante los primeros años de vida los niños se ven privados de contacto, cariño, conversaciones… las conexiones neuronales se verán drásticamente reducidas lo cual se traduce en una persona con graves carencias tanto cognitivas como emocionales. En ocasiones, si ese niño se traslada a un entorno más seguro y afectuoso, el cerebro puede recuperarse.

¿Hasta cuándo se desarrolla el cerebro?

Hasta hace no muchos años se creía que al finalizar la adolescencia nuestro desarrollo cerebral finalizaba también. Hoy se sabe que se prolonga por lo menos hasta los 25 años.
Uno de los grandes cambios que se produce en la adolescencia es la segunda poda neuronal (la primera es a los dos años), reduciéndose casi un 1% el volumen de la corteza prefrontal. Estos cambios ocurren sobre todo en áreas cerebrales necesarias para el razonamiento, control de impulsos y valoración del riesgo. La corteza dorsolateral es una de las que más tarde en madurar, y una de sus funciones es la de inhibición de impulsos.
La zona de corteza prefrontal medial se activa cuando uno piensa en sí mismo. En un experimento realizado con adultos y adolescentes a los que colocaban en un escaparate a la vista de los transeúntes, se observó una mayor activación de dicha zona en adolescentes, alcanzando el pico a los 15 años. Por lo que a esa edad, las situaciones sociales conllevan una gran carga emocional. Mientras tanto, el cerebro adulto está acostumbrado a su propio yo, y puede sentarse más o menos tranquilo en un escaparate.

Al cerebro adolescente le gustan los riesgos. Esto está relacionado con la parte del cerebro encargada de la búsqueda de placer, (por ejemplo, el núcleo accumbens). En el adolescente, estas zonas están tan desarrolladas como en el adulto, pero al contrario que en el cerebro adulto, la zona que se ocupa de tomar decisiones racionales, la atención o la simulación de acciones futuras está inmadura.

La zona de la corteza prefrontal medial está fuertemente conectada con otras regiones cerebrales que transforman motivos en actos. Esto explicaría por qué los adolescentes suelen asumir más riesgos cuando están con sus amigos.

Al llegar a los 25, el cerebro está maduro, pero sigue cambiando. Hay infinidad de experimentos que así lo prueban, como el de los taxistas de Londres, los cuales tenían que memorizar los extensos trayectos de la ciudad, hoteles, teatros… Los científicos descubrieron diferencias visibles en la parte posterior del hipocampo; en los taxistas tenía un tamaño más grande. Y cuanto más tiempo llevaban haciendo su trabajo, mayor era el cambio. En expertos violinistas hay una zona cerebral dedicada a la mano izquierda que se amplia, formando un signo con forma de símbolo griego omega En cambio en los pianistas se desarrolla el signo omega se desarrolla en ambos hemisferios.

El cerebro «David Eagleman»

David Eagleman hace una buenísima reflexión en su libro “el cerebro” Nuestras células van cambiando y renovándose a lo largo de nuestra vida. Lo hacen a diferente velocidad, los glóbulos rojos cada 90 días, las plaquetas cada 120 días, las de la piel cada pocas semanas. Se dice que aproximadamente cada 7 años todas las células de nuestro cuerpo han sido sustituidas por otras. Pero hay una constante en nuestro cuerpo, la memoria.  Lo curioso es que en cada etapa de nuestra vida tenemos valores y metas diferentes por lo que si ponemos todas esas versiones juntas, seriamos realmente únicos. La memoria no es una grabación precisa, sino que va activando recuerdos y dándoles coherencia según el momento que nos encontramos. Hay patrones que se ven activados al hablar con unos amigos, otros se ven activados al oler un determinado perfume. Cada neurona interviene en diferentes asociaciones en momentos distintos. Estas redes son muy cambiantes, cada nuevo suceso que vivimos crea nuevas conexiones y según lo fuerte que vivamos el proceso o su vinculación emocional, estos recuerdos serán más o menos fuertes. Con el tiempo los recuerdos se van atenuando pero nuestro cerebro rellena huecos par aunque no nos de esa sensación. Y lo hace con las redes del momento presente. De manera que un mismo suceso se puede percibir de diferente manera en distintas épicas de la vida. 

Asimismo,  Eagle nos insta a pensar en el significado de las cosas para nosotros. EL significado depende de nuestras redes de asociaciones. No es lo mismo un trozo de tela de colores que lo que puede representar una bandera para una persona patriota. Así , cada cerebro de va confeccionando a si mismo, cada cerebro es único . y en cada uno de nosotros hay un cambio constante.  

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