¿Estás dispuesto a cambiar el «soy» por el «estoy»?
¿Ser o estar? Tu identidad y la moralidad
Imagina que estás en una fiesta, rodeado de amigos, conocidos y completos desconocidos. En algún momento, como siempre ocurre, surge la inevitable pregunta: «¿Y tú quién eres?» Dependiendo de la situación, podrías responder con algo como: “Soy Juan, soy ingeniero, soy vegano, soy fan del Real Madrid”. Sin darte cuenta, has respondido con un conjunto de identidades que te definen y, casi sin pensarlo, has condensado tu ser en una serie de etiquetas. Pero, ¿qué pasaría si en lugar de “ser”, usáramos “estar”? Quizás, «estoy vegano», «estoy siguiendo al Madrid por ahora», «estoy trabajando como ingeniero». ¡Es un cambio radical!
Ahora, volvamos a esa fiesta. Has decidido probar con el «estar» y te sientes más ligero, menos atado a la necesidad de definirte. Tus respuestas fluyen, y la conversación se hace más interesante. Te das cuenta de que estar vegano es una elección de este momento, pero puede cambiar. Y que estar en el Madrid o el Barça no es una guerra personal. ¡La vida no es tan rígida como parece!
Pero aquí viene lo curioso: cuando cambiamos el «ser» por el «estar», ¿qué pasa con esas otras áreas de la vida que creemos inamovibles, como nuestra moralidad? ¿Qué sucede cuando las cosas que consideramos buenas o malas ya no son tan claras?
La fiesta de la identidad
Todos tenemos ideas fijas sobre quiénes somos. Desde pequeños, recibimos presiones de todo tipo. «Tienes que ser responsable», «Tienes que ser un buen hijo», «Eres lo que comes», y así, sin darnos cuenta, se forma un molde. Y el problema con estos «ser» es que muchas veces no los elegimos. Quizás tu familia decidió por ti que debías ser del Real Madrid o que ser católico era la única opción válida. Esos «ser» te fueron impuestos, y terminan formando una identidad rígida. Cuando alguien ataca una de esas ideas, sientes que te atacan a ti, y ahí es donde surge el conflicto.
¿Y qué pasa cuando esas ideas se convierten en brújulas morales? ¿Cuando lo que te enseñaron como «bueno» o «malo» se convierte en tu moral? En la fiesta de la identidad, puedes descubrir que la moral de los demás no coincide con la tuya. De repente, alguien que siempre ha dicho «soy honesto» y «soy justo», te enfrenta a una realidad: su concepto de honestidad no es el mismo que el tuyo. En ese momento, los «ser» se chocan, y todos defendemos nuestro rincón.
La trampa del «ser»
En el fondo, la cuestión no es que esté mal tener una identidad. Pero cuando nuestras ideas de «ser algo» se convierten en una prisión, dejamos de evolucionar. ¿Te has dado cuenta de que cuando alguien se define con un «soy» muy fuerte, cualquier cambio o contradicción lo vive como una crisis existencial?
Vamos con un ejemplo. Piensa en alguien que dice “soy ateo”. Este «ser» se convierte en parte de su identidad central. Ahora, imagina que esta persona se encuentra con experiencias inexplicables, algo que desafía su visión del mundo. La disonancia cognitiva se apodera de él. Si fuera más flexible y dijera «estoy ateo», quizás podría estar más abierto al cambio, o al menos no sentiría que está traicionando su ser si decide explorar nuevas ideas.
La moralidad en juego
Lo mismo sucede con la moralidad. Muchas personas creen que tienen claro qué es bueno o malo y se aferran a esas certezas como si fueran la base de su existencia. ¿Pero qué pasa cuando la realidad desafía esa moralidad? La respuesta suele ser atrincherarse en esa identidad moral, ignorando cualquier señal que pueda ponerla en duda. «Soy honesto», «soy justo», «soy correcto». Pero, ¿y si resulta que tu concepto de honestidad o justicia no es tan claro?
Si dijéramos «estoy siendo honesto» o «estoy intentando ser justo», nos daríamos permiso para reflexionar, cambiar y aprender. No significa renunciar a los valores, sino entender que nuestra moralidad también puede evolucionar. Si somos más flexibles con nuestras creencias, quizás no vivamos con tanto miedo a estar equivocados.
La libertad del «estar»
Al cambiar del «ser» al «estar», encontramos una libertad que antes no veíamos. «Estoy» nos permite crecer. Nos deja probar nuevas formas de ver el mundo, nuevas ideas, nuevas formas de ser, sin sentir que estamos rompiendo nuestra identidad cada vez que damos un paso diferente. De repente, la moralidad no es un dogma inamovible, sino algo que se enriquece con la experiencia, la reflexión y el diálogo.
El «ser» es estático, y en un mundo cambiante, puede convertirse en una trampa. El «estar», en cambio, nos invita a movernos, a explorar, a equivocarnos, a cambiar de opinión y a crecer sin el miedo de perder quiénes somos. Porque al final del día, nuestra identidad no tiene que ser una armadura rígida. Puede ser algo que llevamos con ligereza, algo que se adapta y se transforma, y que nos permite ser más humanos.
Así que la próxima vez que alguien te pregunte quién eres, tal vez podrías responder con un «estoy siendo». Estás en camino, cambiando, descubriendo. Y eso es lo más bonito de todo.
¿Qué piensas? ¿Estás dispuesto a cambiar el «soy» por el «estoy»?
