Escepticismo y la trampa de Descartes

Escepticismo viene del griego sképsis, ‘examen’. El escéptico es aquel que pone algo ‘a examen’, que lo cuestiona. 

El escéptico, hace de la duda un fin y un método, y la utiliza para deshacer los cimientos de cualquier sistema de creencias que pretenda ser verdad. 

Con el fin de no dejarse convencer por nada, el escéptico contrapone todos los argumentos, autoridades, evidencias, … usando la discrepancia y el desacuerdo. 

Descartes luchando contra el Escepticismo

René Descartes, en su famoso método de duda, intentó derrotar al escepticismo utilizando sus propias herramientas. Se propuso dudar de absolutamente todo lo que pudiera ser puesto en duda, quiso destruir la duda por medio de la duda.

Lo primero en caer en este ejercicio de la duda es la fiabilidad de los sentidos. Descartes escribió: ‘He experimentado en distintas ocasiones que los sentidos son engañosos’.
Jaime Rodriguez de Santiago en su libro ‘La realidad no existe’ nos lo explica muy bien, los sentidos no son de fiar.

‘No hay una distinción clara y evidente entre el sueño y la vigilia dice Descartes, pues muchas veces he soñado cosas que me parecían muy reales’. Por lo tanto no hay garantía de que lo que los sentidos me presentan ahora mismo no sea una ilusión.

Para dudar de las matemáticas Descartes tiene que forzar un poco la máquina, porque las verdades matemáticas parecen de lo más claras y evidentes (2+2=4). Para dudar de ellas tiene que recurrir a la hipótesis de un genio maligno que dedica todas sus artes a engañarlo. Es como si yo digo: ¿y si eres un cerebro en una cubeta estimulado por científicos locos?, o un programa de un ordenador mal programado.

Y con esto le vale a Descartes para dudar.

Descartes termina su primera meditación sin nada a lo que agarrarse. Es en la segunda meditación cuando cree encontrar una verdad indudable: su propia existencia. Cogito, ergo sum: Pienso, por tanto, existo. 

Es imposible dudar de que yo existo, dice Descartes: esta es la verdad que vence al escepticismo. 

Las trampas de Descartes

Descartes estaba convencido de que había destruido el escepticismo, pero yo creo que si le ponemos ganas podemos dudar de literalmente cualquier cosa. Por ejemplo, algunos filósofos contemporáneos, como los eliminativistas, están convencidos de que la conciencia, y por ende el pensamiento, es una ilusión.

Ahora, ¿y si Descartes hubiera llevado su duda un paso más allá? Consideremos su famoso «Cogito, ergo sum». Aquí, Descartes parece asumir que el acto de pensar garantiza la existencia del pensador. Pero, ¿y si este ‘pensar’ no es como lo imaginamos?

¿Quién es el ‘yo’ que piensa?

Descartes asume que hay un ‘yo’ detrás del pensamiento, pero ¿y si el pensamiento es simplemente un evento que no requiere de un ‘yo’ consciente? Algunas corrientes de la filosofía budista, por ejemplo, argumentan que el sentido del ‘yo’ es una ilusión y que no hay un ‘ser’ constante detrás de nuestros pensamientos.

La naturaleza del pensamiento

Descartes da por sentado que pensar es una prueba de existencia, pero ¿qué significa realmente pensar? Si tomamos el enfoque de los eliminativistas, que ven los pensamientos como meras funciones cerebrales sin un ‘yo’ consciente detrás, el «Cogito» se desmorona. En este caso, los pensamientos serían procesos automáticos, no la prueba de un agente consciente.

El engaño del Genio Maligno

Incluso si aceptamos que pensar prueba la existencia del pensador, ¿cómo podemos estar seguros de la naturaleza de ese pensamiento? Descartes introduce la idea del Genio Maligno que podría engañarnos en todo, pero se detiene antes de aplicarlo al «Cogito». Si un Genio Maligno puede engañarnos acerca de la realidad del mundo externo, ¿podría también engañarnos sobre la naturaleza de nuestros pensamientos o incluso sobre la existencia de nuestro ‘yo’ pensante?

Conclusión

Las reflexiones de Descartes abren un importante debate en la filosofía. ¿Es posible encontrar una verdad indudable? ¿Podemos confiar en nuestras facultades cognitivas como fuentes fiables de conocimiento?

Creo que el escepticismo ‘radical’ llevando la duda y el examen al extremo no es útil. A ese tipo de escépticos no hay modo de convencerlos, ni siquiera ante un argumento irrefutable. Es imposible convencer al que no quiere dejarse convencer. 

Solo se sale del laberinto de la duda renunciando a entrar en él. 

En el libro ¿Hay filosofía en tu nevera? Enric F.Gel explica esto diciendo:
“El escéptico es capaz de poner en duda las cosas más evidentes hasta que le entra hambre a él o al oso que pasaba por ahí. Entonces la dua se para (sobre todo en el caso del oso: el escéptico solo duda de la existencia de los osos si no hay ninguno cerca)” XD

Enric también nos dice que dogmatismo y escepticismo son extremos que se tocan. Igual que es imposible convencer al dogmático es imposible también convencer al escéptico. El dogmático es el más escéptico con los ataques a su dogma; y el escéptico, el más dogmático con las bases de su escepticismo. 

El escepticismo responde al deseo de evitar el error y no quedar encerrado en la falsedad, pero al proteger ese deseo descuida el otro deseo de conocer la verdad, encontrarla.

Lo que tiene que hacer el filósofo es balancear entre ambos deseos, conocer cuantas más verdades mejor, evitando todos los errores posibles. 

Dudar? Si. Pero también reconocer aquello de lo que no es razonable dudar, como …

que 2 + 2 = 4, o que tienes nariz y ojos.

Al final, lo que nos enseña esta exploración del escepticismo y Descartes no es solo para los libros de filosofía. Nos invita a cuestionar y a pensar críticamente en nuestro día a día. A preguntarnos, ¿qué cosas estamos tomando por sentadas? ¿Dónde necesitamos aplicar un poco más de duda saludable? Y, lo más importante, ¿cómo podemos abrirnos a nuevas verdades sin perder el suelo bajo nuestros pies? Quizás el verdadero desafío sea aprender a vivir en esa zona de incertidumbre, donde no todo es blanco o negro, y donde el escepticismo y la certeza se dan la mano

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